Hace muchos años, cuando leí por primera vez “El Discurso del Método” de René Descartes (una fantástica obra que debería ser lectura básica, mínima e indispensable como los Diálogos de Platón o la República de Aristóteles en todas las escuelas), me maravillé de ver como un hombre por allá en la Francia de 1600 reflexionaba sobre distintos asuntos que tenían que ver con la necesidad de un “método” a través del cual acercar la experiencia del sujeto con las propias propiedades del objeto y/o visceversa… En todo caso, al platicar un poco sobre sus notas de viaje con la luz, el calor, las fuentes de energía (que seguramente que no sabía que eso podría llamarse “energía”), me maravillé leyendo esto:

Y entre otras cosas, no conociendo yo, después de los astros, nada en el mundo que produzca luz, sino el fuego, me esforcé por dar claramente a entender cuanto a la naturaleza de éste pertenece, cómo se produce, cómo se alimenta, cómo a veces da calor sin luz y otras luz sin calor; cómo puede prestar varios colores a varios cuerpos y varias otras cualidades; cómo funde unos y endurece otros; cómo puede consumirlos casi todos o convertirlos en cenizas y humo; y, por último, cómo de esas cenizas, por sólo la violencia de su acción, forma vidrio; pues esta transmutación de las cenizas en vidrio, pareciéndome tan admirable como ninguna otra de las que ocurren en la naturaleza, tuve especial agrado en describirla.

Sin embargo, de todas esas cosas no quería yo inferir que este mundo nuestro haya sido creado de la manera que yo explicaba, porque es mucho más verosímil que, desde el comienzo, Dios lo puso tal y como debía ser. Pero es cierto -y esta opinión es comúnmente admitida entre los teólogos- que la acción por la cual Dios lo conserva es la misma que la acción por la cual lo ha creado; de suerte que, aun cuando no le hubiese dado en un principio otra forma que la del caos, con haber establecido las leyes de la naturaleza y haberle prestado su concurso para obrar como ella acostumbra, puede creerse, sin menoscabo del milagro de la creación, que todas las cosas, que son puramente materiales, habrían podido, con el tiempo, llegar a ser como ahora las vemos; y su naturaleza es mucho más fácil de concebir cuando se ven nacer poco a poco de esa manera, que cuando se consideran ya hechas del todo.

Y vale, ¿por qué comento ésto?

Sencillamente, porque Intel lo ha vuelto a hacer: a través de un muy didáctico video, muestran en resumen el proceso a través del cual la arena es convertida en silicio y ésta, en la base para un procesador de computadoras.

Desearía en verdad que Descartes hubiese podido haber visto eso. Qué maravilla: más de 400 años han pasado y otro loco en Pachuca, se vuelve a maravillar de un proceso en el cual “por la violencia de su acción”, ha visto transformar la arena en silicio.

Increíble.

¿Dónde estás, Descartes? En tu memoria.